Photo by Anton Darius | @theSollers on Unsplash

Los participantes del consejo habían ya asimilado la presencia de Artemio, recibiéndole como un miembro más del encuentro. De entre ellos, el felino más grande de las Américas expresó su intención de compartir la palabra.

— Pero por supuesto. Sería un gran honor — respondió Kauyumari.

Las diferentes criaturas estaban impresionadas con la apariencia del felino y la refinada gracia y extrema precisión de sus movimientos. Hasta ese momento, Tuwe, el guerrero jaguar, había permanecido echado en el suelo, encubriendo su majestuosa presencia.

Tenía dos metros de largo, una cabeza grande, filosos colmillos, poderosas patas y un exquisito pelaje con patrones oscuros que asemejaban un antiguo mensaje grabado por los dioses. Sus ojos, en toda su intensidad, expresaban su incorruptible voluntad.

Después de encontrar un lugar adecuado para posarse, emitió una serie de rugidos y gruñidos que capturó aún más la atención de los presentes. Entonces comenzó:

— Hubo un tiempo en el que la mayoría de los seres humanos existían en plena sintonía con los sagrados poderes creativos de la naturaleza y el cosmos.

»A la vez de experimentarse a sí mismos como seres con límites definidos habitando una realidad sólida y tangible, en lo profundo se reconocían como una de tantas expresiones de la invisible e infinita fuente, siempre explorando y encontrando maneras de sorprenderse a sí misma.

»No solo comprendían esta aparente dicotomía, sino que eran una fiel encarnación de la gran creatividad misteriosa. Por tanto, ésta impregnaba cada acto que realizaban.

Antes de proseguir, Tuwe hizo una breve pausa, evaluando el efecto de sus palabras en la audiencia.

— Estos hermanos humanos eran entidades fluidas capaces de realizar fantásticas proezas porque, como lo mencioné antes, se veían a sí mismos y al mundo como una sagrada potencialidad viviente, recreándose en todo momento y lugar.

»Se dice que estas personas podían transformarse en cualquier ser a su alrededor, gracias a la flexibilidad del tejido de la realidad y su familiaridad con la fuerza creativa que anima a todo ser.

»Pero quizá la más elevada proeza de estos humanos era la de mantener encendida la llama de la paz en su corazón, y contribuir al equilibro de la trama de la vida.

Artemio se movía nerviosamente en su asiento, mientras que una pareja de guacamayos verdes posada plácidamente en una rama del árbol del copal, se balanceaba rítmicamente de un lado a otro.

— Si prestamos atención, podemos ver que una verdad fundamental que regía las vidas de estas personas era la insondable interdependencia del cosmos — siguió Tuwe.

»Como bien sabemos, el universo entero, cual ser sintiente, se expresa en una variedad infinita de formas unidas de la manera más exquisita posible. Las mentes y corazones de estos seres no conocían la fragmentación.

»Las personas a las que me refiero se les ha conocido por muchos nombres. Con el paso del tiempo, el otrora celebrado saber de interdependencia e íntima pertenencia fue gradualmente olvidado y relegado solo a ciertos miembros de la comunidad.

»Estos hermanos, referidos como chamanes, hechiceros, magos, naguales y más, según el contexto histórico que les acogía, se vieron obligados a salvaguardar el vital conocimiento interdependiente en los ocultos recintos del templo corazón.

—¿Y por qué se perdió esa paz profunda, fruto de la unión y armonía con la creación? —preguntó Pili, la garrapata, un tanto alarmada.

—Excelente pregunta —respondió Tuwe.

—Aunque rodeado de misterio, los sabios nos dicen que el origen de la amnesia de lo sagrado se encuentra en un poderoso conjuro al que se refieren como el hechizo del mundo máquina.

En ese preciso momento, una ráfaga de viento sacudió los árboles circundantes, haciendo temblar levemente a los participantes del consejo.

— El hechizo del mundo máquina ha demostrado ser extremadamente efectivo. Gracias a sus efectos, los seres humanos comenzaron a crear artilugios y herramientas con el fin de controlar la naturaleza. Esto preparó el terreno para que se concibieran como entidades superiores capaces de predecir y manipular el mundo, un mundo destinado a ser explotado.

»Los penetrantes efectos del hechizo en la mente colectiva hacen que la gente tome al mundo máquina como la realidad, mientras que las antiguas formas de ser ligadas al amor y la unidad son relegadas al ámbito de las leyendas y los mitos en el mejor de los casos.

»Quizá lo más grave de esta distorsión colectiva es el surgimiento de un sentido de identidad restringido, fuente inagotable de sufrimiento para los humanos mismos y el resto del planeta. Esta crisis de identidad no es necesariamente maligna, sino que causa un terrible dolor al ignorar la propia esencia.

Los participantes del consejo sintieron como si una neblina oscura envolviera su corazón. Muchos de ellos se lamentaban internamente acerca de la condición humana, a la vez que a muchos otros les embargaba un sincero sentimiento de empatía y compasión.

— Esta arraigada e invisible estructura dentro de la mente humana fomenta comportamientos violentos e inconscientes — dijo Tuwe, una vez más consiguiendo que la atención de los presentes siguiera fielmente cada una de sus palabras.

— Gracias a su real esencia como seres ilimitados nutridos por la fuente de la vida en armonía con toda criatura, los humanos llevan en su alma el enorme dolor de la desconexión.

»El hechizo del mundo máquina alimenta el sufrimiento humano, manteniéndoles en ciclos compulsivos de negación y confusión. La resultante crisis existencial les lleva a reprimir los difíciles sentimientos acerca del daño que le causan a nuestro hogar común, la Tierra.

»Esta ignorancia, producto de un estado fragmentado de ser, erosiona la salud y bienestar de todos nosotros, mientras que normaliza las conductas suicidas de nuestros hermanos.

Reinó el silencio por un largo rato en el consejo. Tuwe yacía completamente inmóvil y con los ojos cerrados. Parecía estar en un estado de profunda meditación.

— ¿Cómo se sienten? — preguntó Kauyumari con una voz suave que resonó en toda la cañada.

La tensión y tristeza iba en aumento en los diferentes seres, pero especialmente en Artemio. La neblina que envolvía el corazón de los participantes contribuía a que el joven humano estuviera al borde de un colapso nervioso. La sensación de estar partido en una parte indefinida de su ser, adquirió renovada potencia.

Artemio se dejó caer al suelo, encontrando el consuelo de la firme y fértil tierra. En ese preciso momento, Tuwe abrió sus ojos para continuar con el relato.

— Esta selva no solo está formada por una multitud de seres, sino que el espíritu mismo nos vincula a través del espacio y el tiempo, haciéndonos uno y otorgándonos nuestra razón de ser.

»Abejas y murciélagos polinizan las flores; las hormigas transfieren nutrientes y mantienen el equilibrio por medio de la depredación de insectos; diversos pájaros y mamíferos transportan semillas que regeneran la selva; el zopilote y otros carroñeros contribuyen al ciclaje de nutrientes; y las termitas reciclan la materia orgánica del suelo, haciéndola disponible a las plantas.

»Cuando voy en busca de mi cena, quizás encuentre una de mis comidas favoritas: un solitario pecarí de collar. Parecido a un cerdo, este mamífero se alimenta de raíces, bayas y algunas semillas de la palma de aceite, repletas de la energía luminosa del sol que requieren para vivir. La energía de su alimento regresa al ambiente a través de su respiración y también de sus desechos, los que dispersan las semillas previamente ingeridas en diferentes lugares de la selva.

»Entonces, sigilosamente le atrapo y perforo su cráneo con mis poderosos colmillos para luego comerlo, obteniendo así la energía necesaria para vivir. Igualmente transfiero esta esencia, haciéndola disponible a las plantas después de ser procesada por los carroñeros y descomponedores. El ciclo se renueva.

»La energía que da vida a la selva habita en todos nosotros, incluidos nuestros hermanos humanos. El espíritu de la selva nunca muere.

— Este espíritu silvestre es mucho más poderoso que el aparentemente invencible hechizo del mundo máquina — intervino Kauyumari.

»Sus orígenes se pierden en la majestuosidad del Absoluto, extendiéndose en todas direcciones. Esto significa que toda la fuerza, creatividad y amor que existen desde el origen de los tiempos habitan en el corazón de todos los seres y todo lo que es. El espíritu silvestre es invencible.

— La buena noticia es que no todos los humanos están atrapados en el hechizo del mundo máquina — comentó el gran felino — . Siempre han existido personas que desafían el conjuro, inspiradas por vislumbres del mundo de lo invisible, de la sagrada e interdependiente matriz del cosmos.

— A pesar de los entumecedores embates del hechizo, estos valientes hermanos humanos se rehúsan a denigrar lo más preciado que existe; la vida y su eterno flujo — continuó Tuwe.

»Los humanos hermanados con el bondadoso y generoso espíritu silvestre llevan dentro de sí la fortaleza de la Tierra. Cual salmón contracorriente, su férrea voluntad por mantener la integridad de sus parientes planetarios se basa en su devoción por la vida.

»Es con esta clase de humanos que mi estirpe, la del gran guerrero jaguar, ha estado en contacto desde tiempos inmemoriales.

»Para los antiguos pobladores de Mesoamérica, el jaguar era una poderosa deidad; el “corazón del monte” que hacía temblar la Tierra. Aquellos eran tiempos de armoniosa convivencia en los que las diferentes virtudes de mi linaje eran bien conocidas.

»Quisiera ahora hacerle llegar algunos de estos dones a nuestro ilustre invitado humano para honrar la antigua alianza entre el jaguar y el humano.

La atención de los participantes del consejo se dirigió al unísono en Artemio. Caminando nervioso y tambaleante, el joven logró llegar al centro del círculo y tomó asiento.

Tuwe se acercó lentamente hasta encontrarse a la distancia suficiente para colocar suavemente su poderosa garra derecha sobre la cabeza de Artemio. Al hacerlo, la garra de Tuwe parecía llevar el peso del mundo.

Su garra izquierda alzada en el aire a manera de antena que capta las frecuencias de las alturas. Entonces comenzó a hablar.

— El milenario espíritu silvestre ha bendecido a mi estirpe con agilidad, elegancia, autoridad y fuerza espiritual. A este ser quisiera concederle la agilidad mental y la elegancia de movimiento necesarias para ir más allá del hechizo del mundo máquina, y así transmitirle la autoridad del máximo depredador de todo aquello que entorpece el antiquísimo flujo de la vida.

»La fuerza espiritual del gran guerrero jaguar es la luz que conduce de la destrucción a la armonía, de la confusión al recuerdo, de las tinieblas al nuevo amanecer.

»Desde el templo corazón, el rugido del jaguar transmite las frecuencias de luz que restablecen la presencia del espíritu silvestre en nuestro andar. Artemio, reconoce ahora que la virtuosa fuerza espiritual del jaguar habita siempre en tu corazón.

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Adaptado de: Villaseñor Galarza, Adrián. El llamado silvestre de la naturaleza (CreateSpace, 2019).

I’m passionate about human transformation in service of the Earth so as to explore the regenerative expression of our deep potentials.

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